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Poemas
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Pikimachay (20,000AC
- 14,000AC) Descanso la fatiga de una
vida sin
culpas
bajo
la humosa, limosa tierra de una cueva. Pero antes en las pampas
limpias
como el ojo de la luna fundé la memoria
de este país.
Fue
como cargar a un puma vivo. Toquepala
(10,000ac
- 5000ac) Una y otra vez la arcilla
colorida
se adhiere a la pared
dando
forma a las manadas que afuera, en la planicie, corren, acezantes por los
dardos
que
arrojamos sobre sus carnes frágiles y tiernas. Tensos, por la herida,
los más
débiles nos miran con los ojos
del
que jamás volverá a asombrarse. La resignación es
su lenguaje. Los
más fuertes
se
revuelcan de dolor, lanzan gemidos que el carbón no reproduce. Su
agonía es todo el
arte que he dejado.
Su
agonía y el goce (también el miedo) de mi vientre. Aquí no he pintado
una ceremonia,
sino un consuelo.
El
tiempo -esa repetición de mis harturas y penurias, con los dientes
más filudos del
más viejo carnicero del Perú-
concederá
otros atributos a mi estilo, pero recuerden el hambre hizo de
mí el artista
que ahora elogian. Túpac
Amaru (1740 -
1781) Todavía hablan de
mí situándome en
el centro
de
la imagen -las cuerdas, los caballos, mi cuerpo que defiende la
unidad
intacta
de
sus miembros-, y remordidos prefieren mantenerme
ingrávido en
el aire.
Se
llenan de frases elegantes al citarme: Aquí no
hay más culpables que tú y yo,
tú por someter a mi pueblo, yo por
pretender liberarlo.
Y
hasta el horror se les antoja recurrente al indagar en los folios
del
castigo
lo
barroco de mi queja: Onze coronas de hierro
con puntas muy agudas,
que le han de poner en la cabeza... ...Por la
parte del cerebro se le introducirán
tres puntas de hierro ardiendo que le
saldrán por la boca...
Qué
decir de sus sospechas, siempre irreprochables,
al
implicar
en
la forma torturada una metáfora de
culpas nacionales
(el
equilibrio entre mi cuerpo indivisible y el verdugo que quiere
fragmentarlo,
¿no
evoca al equilibrio suicida del Perú, su imposible
armonía?).
Y
se escudan en los mitos y obsequiosos de palabras fermentan en
mis
miembros mutilados
(por
los que yo sufro mientras ellos investigan)
inconcretables
utopías: Cuando su cabeza, que
escondieron debajo de palacio de gobierno,
se encuentre con sus extremidades, volverá el
tiempo de Inkarrí.
Y
esperan que otra vez Areche me coloque entre los potros del
tormento,
y
el hacha, ya no los animales, en las diestras manos del
verdugo
separe
mis huesos de sus goznes para encontrar sentido a
sus
asertos.
Inútil
recordarles a los muertos precedentes: que mi esposa Micaela
caminó hasta
el cadalso
sin
bajar la vista (y eso que llevaba la lengua hecha un
guiñapo y
salpicaba sangre
en
las finas ropas de Matalinares); que Tomasa Titu se
rió de los
cuchillos;
que
el negro Oblitas derramó dos lágrimas, no por la inminencia de
su muerte,
sino
por lo enojoso de las despedidas; que, en fin, mis hijos
aguardaron
con paciencia
que
uno a uno los fueran destroncando. Prescindible es el dolor
para tan
eruditas
reflexiones:
¿abjuré del rey y sus impuestos? ¿Sobreestimé
las condiciones
subjetivas
y
el carácter de masas de la insurrección? ¿No fui un novato
en estrategia?
Pero
al cabo generosos exaltan mis virtudes
caras
al siglo de las luces: era un
noble arriero que vestía
de negro terciopelo y cabalgaba un
potro blanco y se sabía
de memoria a Garcilaso
y montaba el drama del Ollantay antes de
entrar en la batalla.
Un
look para el consumo: los cabellos largos coronados por un sombrero
con el
pico rombo
y
el ala tiesa y circular -ideal para levantar turistas en
el
Cusco.
Una
tentación de los arcanos astrológicos: Huáscar versus
Atahualpa,
Manco
Inca versus Paullu, Túpac Amaru versus
Pumacahua,
los
pares fratricidas -Géminis, sin duda. Una extravagancia de
genealogistas:
rastrear
sangre de mi estirpe en las cortes de Polonia
y
Portugal.
Un
recurso del poder: citar un verso del poema
vigoroso
de Romualdo
(querrán matarlo y no podrán
matarlo) cuando la mancha india se
arrebata.
Nada
más oportuno para todo que el agonista
prometeico,
el
que muere porque no muere. Si tanto saben de mi vida
y de mi
gesta
¿por
que no revierten mis fracasos y después me echan
en tierra a
descansar mi muerte? (De Cementerio
general, 2da. Edición, 1994) ESA EDAD
Por sus muslos bajo como
una burbuja de carbón, licuefacta, reventada;
por sus muslos abiertos y su inocente
jardín negro picoteado por el viento, abajo, más abajo
de los tajos de la carne, más abajo del atajo donde el
río fue a morir en una mina; como una
infección, por donde todos hubimos de bajar, por los pujantes dolores
de la mujer, madre, madre (Emma echada, Emma
mordiendo con indelicadeza la funda de una almohada,
su aspereza, Emma desproporcionada por el
crecimiento de una cabeza que ya ve salir como un
tallo de azucena que quisiera arrancarse),
madre que no quiso que yo naciera en una
curva de ese río, en la más alejada de las casas,
pero era febrero y llovía y mi padre no estaba y Emma
buscó a una comadrona y dos días antes ella fue hasta su
cama y le dijo a Emma (mi pequeño
pincel, mi noche de naranjas tatuadas), tocándole las
sienes con los pulgares, le dijo (verso apretado en tu
frente, Emma, pobrecito volcán) que esperase otros dos
días, y he aquí que dos días después la partera
baja desatando distancias como madejas de nubes, errante como
una torrentera sin cauce, y he aquí que baja
puntual (Emma contaminada por el sol de los trenes
sin retorno) para bajarme hasta su pollera o el suelo,
bajándome por el cuello (Emma, muchachita con las
piernas tan abiertas, penetrándola el viento helado de sucia
ceniza), pero más abajo aún, pero
más abajo aún, donde se enturbian los espejos de lo lejos, donde acaban
los reflejos, donde se pierden las inflexiones del
dolor. Y qué quedó Emma de ti, y qué de
mí, y qué de quién en el espacio en que uno nace oliendo a adobes, a tejas
lagrimeantes -mientras, más abajo del mundo, las
raíces de la vida son como las manos que se buscan en dos
universos distantes-; oliendo a casa solitaria (que no deja
entrar al diablo), designada para la maestra -que era Emma.
Y ella bajó (por el olor) de un camión con su
panzota bellísima, robusta, y tuvo que ceder al miedo.
¿Un laberinto o un desierto? ¿Qué vio Emma al bajar?
Mineros tristes pidiéndole una taza de té para
resistir la tristeza, camas sucias, mesas sin manteles bordados,
lámparas de petróleo donde no brillaba el futuro; vio su barriga
que la ponía debajo de los grandes alientos
históricos, serenamente imposible, enamorada de mi padre que llevaba
la barba como un misionero sin senda, mientras Emma
tenía el olor de la hierbabuena (y yo en su vientre bajo,
en un universo celeste, me abría hacia la superficie por
un poco de aire, delfín allí sobre una lánguida
ola, contemplativo y feliz). Debajo de campanarios y
explosiones que precedían el ingreso resignado de los mineros,
dándole a ella -a Emma- ¿felicidad?,
¿temor?, ¿qué sentimiento intruso?; debajo de un calendario de
fiestas sin santos ni guirnaldas; debajo del fuego
estridente de un primus, al nivel del llantén y del
aullido de un perro, al nivel de los lagos que tentaban a los
suicidas con sus reflejos de
inexplicables eclipses lunares, al
nivel de las cruces de los hijos de los pastores que no
llegaron ni siquiera a esta casa a morir -la primera para
llegar al pueblo-; desde abajo caigo sobre la
sábana blanca (la sangre última del
sacrificio materno se mantiene en el
lienzo cobrando su más expresionista mensaje de
sobrevivencia), navegante involuntario por el
espacio oprimido de un cuarto, caído pero no perdido,
recuperado ante el primer grito (el más agudo a partir de
entonces), cuando no era más grande que un diente de ajo ni
más alto que un ala de gorrión,
abajo de Emma (Emma inocente,
Emma como un cesto que ofrendamos a los
seres más tiernos), abajo debí caer, mientras Emma me limpiaba
las primeras lágrimas, el pelo alborotado, ya expulsado
de ella para siempre. A MI PADRE No en vano crecieron las
dalias, padre, como yo siempre
creí: azarosas entre el maizal que el
abuelo sembró en sus días de
libertad. Tú no las apreciabas, preferías a las
palomas porque te parecían la única raza
útil de la tierra. Empecé por las
dalias por la excusa de la belleza. En tantos
años apenas si nos hablamos a
través de circunloquios
resignados. Eras distante y yo me
atormentaba imaginando cómo
este maestro de poca altura podía ordenar a
legiones de gorriones. Tu discordia provino de
ser un pasajero del viento que se
cayó de bruces. En un tiempo creí
que no eras mi padre, esa coartada tan infantil
a la que recurrimos cuando el castigo
corporal nos devuelve su torva geografía
de soledades e implacabilidad. En un tiempo creí
que una forma de desahogarme sería creciendo
hasta asustarte con mi tamaño. Más tarde
preferí escribir y tal fue tu enojo que me
obligaste a desvelar las paredes de
la infidencia, pues tú
también llenabas páginas con un dolor no menos intenso que el
de los poetas, a los que
compadecías por el mismo aroma que te delató -y
ya no hubo en la casa misterios que
desentrañar. Así fueron
aquellos tiempos y no sé cómo nos hemos
limpiado las espinas. Veo a las dalias salir de
una tierra que esconde las bellotas
como hermosos corazones latiendo
despacito para arrullar a los
gusanos, y también veo tu
llorar rabioso por los efectos de una
ternura desbordada. Los borrachos lloran como
si desearan redimir al mundo de ellos
mismos. Es un tropiezo su vivir,
te lo diría Li-Po si lo hubieses
leído, ahora te
embargarías de su vino denso, del que la humanidad ha
bebido sin recordar tanto sufrimiento. Tu
hijo ha aprendido, aunque sigue buscando en
tus bigotes un poco de rocío.
Con relación a mí sigues pequeño y
frágil, pero yo no podría gobernar una cabalgadura. Tus irreproducibles
blasfemias contra Dios, al que buscabas
iluminando el cielo con una linterna
(mientras mamá, Eduardo y yo
veíamos caer la nieve como la sangre de las
madrugadas tristes), ahora son meras palabras
con las que te enuncio. Enajenadas de sus actores
no podría guardármelas más. El tiempo se toma sus
plazos, luego comienza a reclamarte que
lo deseches: tómalo o
déjalo, la vieja regla del mercader
también se interpone entre las dalias y el
maizal, entre la belleza y la
utilidad. Y sin embargo, tú
recuerdas lo que el abuelo
decía, y no tenemos
porqué dudar de su veracidad: que a las dalias nunca
nadie las sembró. Pero, oh sorpresa, cada
temporada en que los tallitos de
maíz asomaban con sus hojas
como aspas dulces, hete allí con las
inoportunas flores de la mansedumbre. Este es el mensaje final
de mi poema: el trabajo que significa
arar la tierra, para llenar el vientre,
no sería satisfactorio si uno no se limpiara los
ojos y el alma con la belleza que emerge
misteriosa. Te lo digo, padre, ahora
que no tenemos ni dalias ni maizal. HUAYLLAY Manos alzadas bajo la
lluvia. Cortaban las uñas
y acicalaban el rostro demacrado y casi
lampiño del muerto. Lavaban su cuerpo
amoratado con agua de lago. ¿Qué hombre
no se edifica un perdón excesivo, en masa, bajo el
tañido de una campana de abril? Una banda musical
afligía los cerros, por donde
ascendían, descalzos y arrodillados, hasta la cima coronada
por una cruz. ¿Pero qué
hombre no cree que Dios es su dolor? Por eso limpiaban su
cuerpo, redoblando el cuidado que no tuvieron el
sacerdote ni el escultor. En las profundidades de
su silencio acaso ese cuerpo revelaba
la certeza de otra pasión. Más allá,
más allá del tiempo y sus sueños habitaría el dolor
verdadero. Las heridas de la tierra,
simples escoriaciones, como la agonía
resplandeciente de una luciérnaga nos evoca la
colisión de una estrella. (De País
Interior,
1994) |